Querida Inés:
Ahora mismo estoy aguantando una "reunión" que alguien de la residencia se ha montado sin consultar a los demás, así que tengo la cabeza como un bombo, pero quería actualizar el blog y contarte, en resumidas cuentas, cómo ha ido mi primera semana mancuniana (hoy he aprendido que el gentilicio de Mánchester es mancuniano, ¿se nota?).
Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda. Como bien sabes, partí el viernes, 9 de septiembre, acompañada de mi madre, nuestra compañera de clase Lucía y otro chico de la UPO, José, en un vuelo Sevilla-Liverpool, llegando a Mánchester en autobús (que resultó bastante más económico de lo que esperaba, ocho libras). Como Castle Irwell, nuestra residencia universitaria, no nos permitía llegar antes del día 12, Lucía y José se hospedaron en un hostal donde había muchos estudiantes, mientras que mi madre y yo escogimos Stay Inn, un hotel que estaba a cinco o diez minutos del centro. El estar tan cerquita del centro nos permitió visitarlo varias veces al día y por distintos rincones, lo cual me ha ayudado mucho a guiarme por la ciudad, aunque los primeros días no hacía más que comer en un restaurante español y ver tiendas (¡aquí hay de todo!), aparte de llorar cada vez que pensaba en vosotros, o cuando hablaba con mi hermana por teléfono, es normal en una fase de transición.
El lunes, día 12, cogí un taxi con mi madre para llegar a Castle Irwell. En la recepción me dieron las llaves de mi habitación en la casa 46, a la que nos condujo uno del personal voluntario de Salford. Me ha tocado una de las últimas casas y mi habitación está en la segunda planta (la más alta de tres), así que todos los días, cuando vuelva reventadita de la uni, tendré que hacer mi sesión de escaleras. Lo bueno es que tengo un inodoro justo delante, el comedor y la cocina en la misma planta, aunque las duchas estén en la planta baja y tenga que bajar dos pisos solo para ducharme y volver a subir corriendo casi en cueros, pues apenas hay sitio para cambiarse ni para colgar la ropa. Además, la ducha no tiene teléfono, por lo que cae el chorro de agua fijo desde arriba y te tienes que mojar el pelo quieras o no... Ay, mis problemas de pelo graso...
Cuando entré en la habitación por primera vez, me deprimió: una mesa vacía con una caja de cartón encima, una cama con un nórdico feo y una almohada diminuta y todo lo demás vacío. Suerte que vine con mi madre y en poco tiempo la convertimos en una habitación acogedora, comprando la ropa de cama, poniendo mis peluches, cajitas de colores para guardar las cosas... Y una lámpara de Hannah Montana porque necesitaba una luz más débil a veces y no tenían otro diseño, pero bueno, da una luz muy agradable. En la cajita de cartón estaba el pack para conectarse a Internet, ya que el de aquí va por cable, unos cuantos panfletos informativos, algunos dulces y aperitivos y una lata de RC Cola, un detallito inesperado que alivió la impresión que me dio la habitación. Además, mi madre me trajo como sorpresa un bloc de dibujo y unos lápices, para que cuelgue dibujos en el tablón del cuarto y me anime la vista, detallista que es mi "mah".
Al día siguiente, el martes, fui con Lucía y José al desayuno que Castle Irwell organizaba para socializar, en el que daban té, zumo y tostadas gratis. Allí conocimos a un grupo de españoles de diferentes edades, sitios y carreras que residían también aquí. Posteriormente, fuimos todos juntos a la universidad a registrarnos y sacarnos el carnet de estudiante, para el cual nos sacaron la foto allí mismo... después de uno de los días más ventosos que recuerdo. Imagínate mi cara en la foto, si ya salgo mal de por sí, ¡encima con pelos de loca!
Después de sacarnos el carnet, pedimos una visita por el campus, durante la cual nos acompañó un voluntario de la universidad que parecía un auténtico hombre-bala. ¡Qué velocidad tenía, es comparable a la de mi profesora de Cultura Francesa! Al rato de empezar la visita me sentía bastante mal, aunque pensé que era por no estar habituada a caminar mucho, pero cuando los demás se fueron a visitar el centro y yo volví a mi habitación, mi madre me tomó la temperatura y resultó que tenía fiebre. Dos días después me puse mala otra vez, es un no parar de cambios de tiempo.
El miércoles es el día en el que realmente comenzó mi Erasmus, ya que fue el día en que mi madre se marchó. Fui con ella a la estación de Salford Crescent (dentro de la uni) para ir al aeropuerto y estuve con ella hasta que abrieron las puertas de embarque y la despedí con los ojos llorosos y un abrazo muy fuerte. Pensé que, a partir de ese momento, estaría llorando todos los días. De hecho, cuando atravesaba el aeropuerto para volver a la estación de tren, la gente me miraba como si fuera un bicho raro solo por tener los ojos llorosos (una señora incluso se asustó de verme asomada a su lado, cuando yo solo pretendía mirar los horarios de trenes). Ya en el tren, seguía con los ojos llorosos, pero estaba más calmada, así que me puse algo de música alegre y con mensajes optimistas en el MP3 (como
esta) y comencé a decirme a mí misma que esta era mi oportunidad para demostrar de lo que soy capaz, que ya he pasado lo más difícil y que iba a estar bien. Desde entonces, no he vuelto a llorar, y eso me sorprende gratamente, ya que no esperaba que fuese a aguantar de esta manera... ¿Significará que realmente me he vuelto más fuerte? El tiempo lo dirá.
Estos días seguía un poco triste por lo de ser nula a la hora de socializar con la gente, pues veía que todo el mundo tenía grupitos formados y yo seguía "acoplada" sin ser capaz de integrarme con los demás, y en la residencia nunca coincidía con las otras tres chicas que vivían conmigo por ser de países con horarios demasiado diferentes. El viernes, mientras bajaba las escaleras de la casa para ir a la uni, escuché voces hablando en español. ¡En mi casa! Resultó que una chica de Madrid iba a vivir aquí, que es tocaya mía y que encima es friki. ¡Toma ya! La verdad es que conectamos muy pronto, es muy simpática. :D Sus padres, que planeaban un viaje a Liverpool al día siguiente, tuvieron el detalle de invitarme sin apenas conocerme (de diez minutos de reloj).
¿Al día siguiente? Lo digo como si no hubiera sido hoy mismo, ¡pero lo ha sido!
Los padres de Lau compraron billetes de tren para ir a Liverpool los cuatro. Les pregunté un par de veces cuánto les había costado el mío, porque no quería ir de gorrona, pero no quisieron decirme el precio, así que a la segunda vez dejé de insistir. El tiempo no acompañaba, y yo me había olvidado tanto el chubasquero como el pañuelo para el cuello (por suerte, luego encontré un pañuelo precioso por una libra, aunque la calidad no es igual que la del pañuelo que me compró mi madre antes de irse ni abriga igual). Lo primero que visitamos fue The Cavern, el famoso local donde actuaban Los Beatles, entre otros grandes grupos y artistas. Yo no soy muy fan de Los Beatles, quizá porque no me crié escuchándolos, aunque, como todo hijo de vecino, conozco sus temas más famosos, pero estoy segura de que habría disfrutado más la visita si hubiera sido fan. Antes de llegar a The Cavern, en Mathew Street, había una estatua de John Lennon con la que la gente, incluidos nosotros, se sacaban fotos, y un hombre que cantaba temas del cuarteto de Liverpool a cambio de calderilla. Como cantaba tan bien, le di lo que llevaba suelto y entré en el local. Sacamos fotos a todo lo que vimos, aunque, como mi pulso es como es, tuve que eliminar la mitad de las fotos por estar demasiado movidas. Dentro del local compré un imán para una amiga de mi madre que los colecciona que simulaba la susodicha estatua de John Lennon en la calle, ya que me pareció el más llamativo y único de todos los que había.
Luego fuimos buscando el puerto de Liverpool con el objetivo de ver si había alguna exposición referente al Titanic. Llegamos al puerto, pero no tuvimos la suerte de ver nada "titánico", aunque en el puerto había unos barcos de velas que me recordaban a películas de piratas, además de otro mogollón de tiendas en las que había aún más cosas de Los Beatles. Después de comer, Lau y yo fuimos a una tienda de chuches y compramos unas pocas grageas de gominola de una selección que se llamaba "49 sabores", en un afán de creer que serían como las de Bertie Bott. Había sabores extraños, como café con leche, granada o tarta de queso, aunque algunos no tenían nada que ver con su nombre y nos daban ganas de escupir. ¡Juro que algún día encontraré las auténticas Bertie Bott de todos los sabores, y os las llevaré para que las probemos juntos! ¿Nos atrevemos?
Creo que eso es todo lo importante que tengo que decir, por ahora... Aún no me termino de acostumbrar al acento de Mánchester, pero la gente de Mánchester me parece mucho más hospitalaria que la de Liverpool (por goleada), quizá porque esta es una ciudad más pequeña... ¡Ah, y ya somos ocho personas en la residencia! Quedan un par de habitaciones libres, espero que no sean juerguistas... ¿Tu residencia será compartida, o tendrás un baño propio en el que ducharte tranquilamente?
Un beso,
Laura